Los colores de Madrid
Madrid no se contempla.
Se bebe.
Como un Aperol Spritz bien frío, servido demasiado pronto por la tarde, demasiado naranja, demasiado burbujeante, un poco demasiado generoso. Sus colores irrumpen sin avisar y se niegan a bajar de intensidad.
Está el rojo de los letreros de vermú, el verde neón que se pega por la noche a las fachadas de estilo haussmanniano, el amarillo de los taxis que se deslizan bajo el sol de septiembre. Está el rosa de las banderas arcoíris de Chueca, el blanco deslumbrante de los maniquíes en los escaparates y el marrón dorado de las aceitunas del Mercado de San Miguel, que brillan bajo una luz cruda.
Y, por encima de todo, está esa luz.
Una luz que no pide permiso. Cae de lleno sobre los tejados, las terrazas, los hombros tatuados y las copas de vino blanco apoyadas al borde de una azotea. Convierte hasta los edificios corrientes en decorados de cine. Al caer la tarde, la ciudad se transforma en un inmenso ventanal abierto al cielo: naranja, rosa, violeta y, después, casi azul eléctrico.
Madrid es diversa como una bandeja de tapas.
Un poco de todo, sin jerarquías. Arquitectura histórica e instalaciones contemporáneas, un metro que huele a asfalto y mercados que huelen a ajo, calles donde la gente se besa y calles donde discute a voces. No intenta ser elegante. Está viva. Irradia energía.
Mañana llegarán más fotografías para completar este cuaderno de viaje.
Pero ya se entiende: aquí el sol nunca llega a ponerse del todo.
Simplemente cambia de color.