Praga, lunes 5 y martes 6 de octubre de 2026
Uno viaja a Praga por sus puentes y sus torres, y la fotografía entre piedras y tejados de tejas rojas. Pero en dos días caminando, lo que más me sorprendió fueron los metales. Cada época de la ciudad ha dejado el suyo, y basta con alzar la vista para leerlos: cobre, hierro, bronce, acero y oro.
El cobre, con pátina. Desde las alturas de Letná y Petřín, las cúpulas y los tejados verdosos dominan la ciudad. El cobre tardó décadas en pasar del marrón al verde, y nadie ha intentado impedirlo. En Praga, el tiempo forma parte del decorado.
El hierro, exhibicionista. La torre de Petřín, erigida en 1891, se reconoce sin complejos como hermana pequeña de la torre Eiffel. Un siglo después tomaron el relevo el acero y el hormigón de la torre de televisión de Žižkov (1985-1992), en una ciudad a la que le gusta hacerse notar. Entre ambas, las agujas góticas de Týn recuerdan que Praga siempre ha construido hacia arriba.
El bronce, que habla. La ciudad saca la escultura a la calle, y el bronce cuenta historias graves o extrañas. Al pie de Petřín, el Monumento a las Víctimas del Comunismo muestra figuras que se agrietan y desintegran conforme descienden por las escaleras. Más lejos, ante la galería Kodl Contemporary, Dreamer, de Martin Janecký: una cabeza inmensa coronada de puntas frente a una fachada de cristal. Estas obras no están ahí para tranquilizar.
El acero de espejo, que refleja. En Národní třída, frente al centro Quadrio, la Cabeza de Franz Kafka, de David Černý, está compuesta por 42 niveles de acero pulido que giran de forma independiente. El rostro se deshace y se recompone, mientras el metal refleja todo lo que lo rodea: al atardecer, la escultura se enciende de naranja y violeta. Después del bronce que se desmorona al pie de Petřín, aparece otro cuerpo fragmentado, pero este vuelve a reunirse.
El oro, que brilla. A un kilómetro de la plaza de la Ciudad Vieja, los edificios de oficinas Masaryčka, firmados por Zaha Hadid Architects, despliegan sus láminas doradas sobre la estación Masarykovo nádraží. El oro no está ahí por casualidad: responde a los dorados de la «ciudad de las cien torres». Hacia las seis de la tarde de octubre, el sol rasante hace que la fachada cambie de color minuto a minuto. En el interior, el vestíbulo prolonga ese gesto con curvas blancas y negras donde esperaríamos ángulos rectos.
¿Por qué octubre? Menos gente, luz baja ya al final de la tarde, hojas que amarillean. Es el mes adecuado para leer la ciudad del cobre al oro sin que la multitud te empuje.